Elena y Pepe son dos jóvenes que se casarán en nuestra parroquia el próximo 3 de octubre. Pepe pertenece a la parroquia de Santa María la Mayor y Elena a la nuestra. Como otros novios de nuestra diócesis, han recibido la llamada a esta vocación matrimonial y han hecho un proceso de la mano de la iglesia para discernir esta vocación de servicio en la iglesia para la transformación del mundo. Que su testimonio sea un ejemplo concreto de la llamada que el Papa León XIV hizo a los jóvenes en la plaza de Lima el pasado mes de junio: ¡No tengáis miedo del matrimonio y de formar una familia!».
ELENA Y PEPE
Nos casamos porque Dios ha desbordado su misericordia con nosotros, y hemos descubierto que nuestro gozo es poder servirle juntos. Nuestro camino empezó en 2020 cuando nos conocimos gracias a los retiros Effetá, en los que volvimos a la fe. Sin darnos cuenta surgió una amistad, fruto de los encuentros en las actividades de la diócesis y aficiones comunes. Fue en una peregrinación diocesana en 2022 cuando al reencontrarnos nos dimos cuenta que teníamos mucho más en común de lo que creíamos, y a partir de entonces empezamos a hablar más. Por aquel entonces, cada uno tenía heridas aún abiertas de relaciones pasadas, ambas recientes, pero aún así decidimos empezar un noviazgo en febrero de 2023.
Los primeros meses fueron turbulentos. Fue en la Pascua de ese año cuando el Señor tocó nuestro corazón, y la relación cambió por completo. Descubrimos que nuestra relación no consistía simplemente en «estar juntos pero con un plus cristiano», sino en cuestionarnos qué quería Dios para nuestra vida, ayudándonos entre nosotros y a los demás.
Pocos meses después participamos en la JMJ en Lisboa, donde se avivó la llamada a crecer juntos, con Dios en el centro, y vimos claro que necesitábamos acompañamiento. Por ello, nos apuntamos al Taller del Orfebre; un curso de 3 años de la diócesis, para acompañar a novios tanto si van a casarse como si no, donde se participa de un grupo con más parejas que tienen una situación de vida similar. Esto ha sido crucial para nosotros: nos ha permitido parar, hablar de cuestiones que en el día a día no salen, y mirar nuestro futuro y vocación a la santidad con más profundidad. Hemos podido compartir nuestras expectativas, nuestros miedos, nuestra forma de entender la familia, la comunicación, la fe… Pero sobretodo, hemos podido aprender a ser la persona adecuada para el otro, y es un proceso que deberemos seguir trabajando durante nuestro matrimonio. Además, poder compartirlo con otras parejas (con las que ha surgido una amistad) nos ha enriquecido mucho, y nos ha abierto el horizonte, evitando que nos quedemos en nosotros mismos.
En 2025 comenzó a resonar más fuerte la llamada a ser la ayuda adecuada para el otro, de forma más especial. En nuestro camino estábamos viviendo el gozo de hacer nuestra vida cotidiana un lugar donde experimentar y transmitir el amor de Dios. Veíamos que nuestra relación con Cristo y con todos se profundizaba más en la medida en que nos moríamos a nosotros mismos, concretamente por el otro. Por ello, decidimos comprometernos.
El curso prematrimonial ha sido un impulso más a esa llamada a entregarnos el uno al otro para Dios y los demás; aprendiendo nuevas herramientas y escuchando testimonios de otros matrimonios, para que cuando nos falte el vino sepamos a quién acudir.
Durante estos meses de prometidos, el discernimiento que hemos vivido ha sido mucho más intenso y profundo que antes, puesto que ya está sobre la mesa un «sí» con más peso, un «sí» que si Dios quiere, será para siempre. Mientras que antes era un «quizá».
Ahora que estamos en la preparación inmediata de nuestra boda, estamos viviendo este tiempo con una mezcla de muchísima ilusión, vértigo y mucha conciencia de lo que significa el paso que vamos a dar. Preparar una boda implica muchas cosas prácticas (organizar, decidir, cuadrar fechas y mil detalles), pero estamos intentando que todo eso no nos haga perder de vista lo más importante: nos estamos preparando para dar la vida en el matrimonio, no solo para celebrar una unión.
También nos preguntamos ya cómo queremos cuidar nuestro matrimonio después de la boda. Sabemos que, como cualquier relación, necesitará tiempo, dedicación y cuidado. Trabajaremos en cuidar las citas, mantener una comunicación sincera, no dar por supuesto al otro, cuidar de las amistades y la familia. Y, sobre todo, queremos que nuestra relación con Dios no quede relegada a una etapa de preparación, sino que forme parte de nuestra vida matrimonial: rezar juntos, aunque nos cueste, participar en la vida de la Iglesia, buscar acompañamiento cuando lo necesitemos y dejarnos ayudar por nuestras familias y demás familias que caminan con nosotros en la Iglesia. Queremos recordar que no caminamos solos y que nuestra vocación matrimonial también puede ser una forma concreta de vivir y anunciar el Evangelio.
Mirando hacia atrás, vemos que nuestra historia ha estado llena de pequeños pasos que nos han ido llevando hasta este momento. Y mirando hacia delante, sabemos que todavía queda mucho por descubrir. Nos casamos con ilusión, pero también sabiendo que tendremos que seguir aprendiendo a amarnos y a perdonarnos.
Porque quizá eso sea, en parte, la vocación matrimonial: descubrir que el «sí» que diremos el día de nuestra boda no es solamente una frase pronunciada en un momento concreto, sino el comienzo de muchos «síes» cotidianos. Sí al otro, incluso cuando cueste. Sí al perdón. Sí a crecer juntos. Sí a formar una familia. Sí al plan de Dios. Sí a Dios. ¡Sí queremos!